La muerte baila su son en Cali.

Detalle del fresco «Resurrección de los muertos» (Catedral de Orvieto), de Luca Signorelli

Fernando Orduz
Psicoanalista
Asesor del grupo de estudios de FEPAL “Psicoanalistas en la comunidad”

Soy de una ciudad cercana al pacífico colombiano llamada Cali, ciudad caliente, calidosa y cariñosa, somos un verano eterno de 30 grados sin sombra, pero con una brisa suave que nos arrulla  en la tardes bajando por la cordillera occidental.

Nos hacemos llamar la sucursal del cielo y hacemos homenaje de este cali-ficativo porque nos gozamos todo evento danzando al ritmo del son salsero que nos dinamiza desde la cuna. Por eso el grupo Niche tiene un himno musical sobre la ciudad que dice: por las tardes las palmeras se mueven alegres, la noche te esta esperando.

Pero como bien decía algún titular de periódico colombiano, hoy Cali parece la sucursal del infierno.

La pandemia puso a fuego lento la explosión social que se venía cocinando desde finales del 2019; pero una decisión desmedida desde el gobierno nacional, un alza de impuestos en medio de una situación social que cada vez deja mas gente sumida en la pobreza, fue el detonante para que los fuegos reavivaran. Tan sólo durante el año 2020, 3.6 millones de personas ingresaron a la situación de pobreza monetaria (cifras del departamento nacional de estadística). En nuestros territorios hay gente que le teme mas a morir de hambre que a morir por el covid, no se sabe cual de las dos asfixia mas. La muerte compa, la muerte es el mensajero ritmaba Ruben Blades.

Nuestro país pareciera estar acostumbrado al homicidio, fratricidio y genocidio. Desde los inicios de la violencia venimos impartiendo justicia por mano y arma propia porque la representante de Temis en nuestro territorio es ciega, sorda y tetrapléjica. El conflicto armado produjo el desplazamiento interno de aproximadamente 8 millones de colombianos.  El año anterior 309 líderes sociales fueron asesinados. Un expresidente trata de mostrar que los jóvenes asesinados por las fuerzas militares durante su mandato (sobre los cuales nos hicieron creer que eran guerrilleros, los denominados falsos positivos) no fueron  6400, como dice la jusridicción especial para la paz, sino 2450. Hector Lavoe, versaba: La calle es una selva de cemento, ya no hay quien salga loco de contento,  donde quiera te espera lo peor.

Dos famosos libros escritos por sociólogos colombianos sobre nuestra juventud llevan por títulos:  No nacimos pa semilla y Ausencia de futuro. Así que…¿Cuál miedo al virus? si la muerte transita en moto y  baila con nosotros todos los días de la semana desde hace décadas. Por ello, a pesar de las restricciones de la cuarentena obligatoria, la muchedumbre salió a marchar y a danzar, a protestar y braviar. Nadie se salva de la rumba, cualquiera lo lleva hacia la tumba, canta Celia Cruz

Para los de la extrema derecha, estas marchas son producto de una barbarie castrochavista que busca desestabilizar el país, para los de la extrema izquierda los actos vandálicos están destinados a justificar un golpe de estado o alguna medida similar que restaure un orden.  Cuando Colombia se independizó empezamos una guerra civil entre centralistas y federalistas, un período que  se llamó la patria boba… pareciera que no salimos de la bobería de dividirnos entre unos y otros. La polarización nos tiene desgarrados, parecemos una psiqué escindida que solo ve el mal en el otro y el discurso salvador en las razones propias.  Quítate tu pa’ ponerme yo, así iniciaba una famosa canción de la Fania.

En estos días, la masa joven y adulta, desencantada del orden sociopolítico regente pero aún llena de utopías, puebla las calles con el sabor dulzón de las melodías, mientras deja que  su canto se mude en  el estruendo poco melódico de las bombas ensordecedoras, del fuego destructor y del ruido vandálico de la muerte. Quiero morirme de manera singular, quiero un adiós de carnaval, cantan en  otro de nuestros himnos bailables.

Como en una escena de Apocalipsis Now, cada tanto el zumbido de esos mosquitos metálicos llamados helicópteros atraviesa el cielo azul, pero en mi ciudad no se oyen las cabalgatas de las valquirias. En la ciudad que nació de una sonrisa de dios sobre la tierra hoy el demonio baila, en clave musical de 3 x 2, sobre el verso de una famosa canción de nombre Canela: aquí murió un corazón rumbero.

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