Relaciones parentales

En este post, Semillar trae el texto escrito por Liz Coronel Llacua. Liz es analista en formación en APA y nos ofrece una reflexión importante sobre la relación entre padres e hijos, sobre algunas cuestiones que impregnan esta que es nuestra primera relación afectiva. ¡Hablemos de eso! Cuéntanos en los comentarios qué te despertó el texto de Liz, ¿Qué otras preguntas sobre este tema podemos discutir a partir de las ideas del autor?

Relaciones parentales

Liz Coronel Llacua – Analista em Formación

Asociación Psicoanalítica Argentina

Las relaciones parentales, las formas de vincularnos con nuestros hijos, tienen una historia que empieza mucho antes de que ellos nacieran. De hecho, inicia con nuestras propias experiencias de infancia, de cuidado, de comunicación con nuestros padres… y antes.

Uno acompaña, protege, invade o se ausenta con sus hijos en función a cómo se sintió acompañado, protegido, invadido o solo en sus primeras relaciones, con sus primeras figuras de afecto. Uno se crea el mundo a través de estas experiencias, un padre o madre muy ansioso puede transmitirle a su hijo que el mundo es un lugar amenazante, peligroso, no por lo que dice sino por cómo actúa, a veces sin darse cuenta.

A este niño le costará establecer relaciones, proponer, desarrollarse, ser espontáneo puesto que, si el mundo es peligroso, tiene que resguardarse. Más tarde ya adulto y convertido en padre, si no pudo reparar su vínculo con la realidad, con los otros, quizá le transmita lo mismo a sus hijos o, paralizado por el temor, no pueda generar los recursos para cuidarlos y se aleje sea física o emocionalmente.

Muchas veces, ante las dificultades de nuestros hijos, nos preguntamos en qué fallamos, nos sentimos culpables, pero a veces esta sensación es tan grande que limita nuestra capacidad de hacernos responsables. Si me siento culpable de no pasar suficiente tiempo con mi hijo, cuando esté con él solo recordaré lo mal que estoy haciendo las cosas y me alejaré o trataré de sobrecompensar comprándole todo lo que pida. Ninguna de las dos cosas serán las que el niño necesite.

La culpa no ayuda, angustia, paraliza, limita nuestros recursos. El «debería» constante no permite que disfrutemos de la relación con nuestros hijos, nos hace sentir siempre en falta y, a veces, para librarnos de esa sensación buscamos la falta en el niño, «es flojo», «es malcriado», «TDH», etc. La etiqueta nos calma la angustia de estar haciendo algo mal a costa de ponerla sobre los chicos que, entonces, podrían empezar a sentir que hay algo malo en ellos.

La responsabilidad, en cambio, es distinta, sabemos que estos niños están a nuestro cargo, a nuestro cuidado, que dependen de nosotros, pero si no nos invade la culpa, podremos tolerar que a veces sientan pena, rabia, que se angustien, sin sentirnos atacados por ello. Toleraremos no entender lo que les pasa y los acogeremos para ir descubriendo juntos su malestar. Si nos sentimos responsables y no culpables, evitaremos las etiquetas y buscaremos alguna manera de estar con ellos, de que sepan que siempre estaremos disponibles.

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